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Córdoba, volver también es recordar

18 sept
5 min de lectura

Actualizado: 19 sept

Hay veces en las que uno simplemente hace las cosas sin pensarlas demasiado, un día, de la nada, compré un vuelo a Córdoba, y como no quería ir sola, también compré los vuelos de mi tía, Sofi y Valery. Después simplemente les dije: “Bueno, ya compré los vuelos, nos vamos ”. 😂 Valery incluso tuvo que pedir permiso en el colegio para poder viajar, y mi tía se sorprendió un poquito, pero al final fue como: bueno… ¡vamos!

Normalmente, cuando yo viajo, Valery se queda cuidando a Bigotes. Pero esta vez ella también iba a viajar, así que tuvimos que organizarnos de otra manera.

Bigotes no podía viajar conmigo porque es un gato bastante grande y supera el límite de tamaño que permiten las aerolíneas para viajar en cabina. Así que ellas viajaron primero y yo salí dos días después. Y creo que eso hizo que mi llegada se sintiera todavía más como una pequeña aventura, bajarme del avión, sentir el calor de Córdoba y pensar: “sí, definitivamente llegué”. 😂 Después comenzó el viaje por carretera y ahí pasó algo que todavía recuerdo con cariño.


Había un chico esperándome con mi ticket en la mano. Ni siquiera me conocía, pero desde el primer momento fue súper amable conmigo. Durante todo el trayecto tuvo mi ticket, con mi nombre y todos mis datos… de hecho ¡ni siquiera yo tuve mi propio ticket! 😂 En algún momento del camino me preguntó cómo me llamaba. Y yo por alguna razón, decidí decirle otro nombre. 😂 Lo curioso es que él obviamente sabía cómo me llamaba porque llevaba mi ticket en la mano desde que me recogió, pero simplemente me miró, sonrió y no dijo absolutamente nada. Se portó demasiado bien conmigo durante todo el recorrido y aunque también aprovechó para coquetearme un poquito, terminó haciendo que ese viaje por carretera fuera mucho más agradable y definitivamente más memorable, mientras avanzaba el camino, empecé a ver todo eso que tanto había extrañado sin saber que lo extrañaba las fincas, los caballos, el ganado, los espacios abiertos… y ahí me acordé de cuánto me gustan los caballos. (el chico me llevo a la casa de una amiga que tenia mucho tiempo de no ver, ella se sorprendio de que el me llevara hasta la puerta de su casa sin pedir nada a cambio ni cobrar de mas, ellos no hacen eso, tienen su punto de salida y llegada, pero bueno tal vez es una ventaja de ser linda jajaja ) Despues debia seguir mi viaje por carretera, unos 40 minutos mas para llegar donde mis abuelos.


Mientras segui mi viaje recorde que desde pequeña he amado los caballos. De hecho, uno de mis pasatiempos cuando era niña era montar a caballo. (lo habia olvidado) Volver a verlos, estar cerca de ellos y recordar esa parte de mí me hizo muy feliz, creo que también me hizo recordar que de una u otra forma tuve una infancia muy linda, aveces crecemos y dejamos atrás cosas que alguna vez nos hicieron felices y es bonito cuando un lugar consigue devolverte un pedacito de esa versión de ti.


Pero también me di cuenta de cuánto había cambiado todo, hacia muchísimos años que no iba y había lugares que ya no reconocía. Tanto así que terminé perdida. 😂 Y ahí pasó otra de esas cosas que hacen que recuerde este viaje con tanto cariño. Mientras intentaba encontrar el lugar al que iba, varias personas que ni siquiera me conocían se ofrecían a ayudarme, incluso a llevarme, sin saber realmente quién era yo ni para dónde iba, ahí pensé algo que me quedó muy presente: allá sí puedes confiar en las personas. No sé si es porque todo se siente más tranquilo o porque las personas conservan esa forma tan bonita de relacionarse, pero sentí que la gente era realmente amable. Te ayudan sin esperar nada a cambio, sin estar pensando en qué pueden sacar de ti y sobre todo, sin esa sensación de que tienes que estar a la defensiva porque alguien puede querer aprovecharse o hacerte daño. Allá todavía existe esa confianza en las personas, esa amabilidad de ayudar simplemente porque sí. Y después de estar completamente perdida, mi abuelita tuvo que ir a buscarme porque yo ya no sabía ni para dónde iba. 😂 Y no puedo dejar de mencionar la felicidad de mi abuelito al volverme a ver, sentarnos a hablar durante horas, como si el tiempo no hubiera pasado, hablando de caballos, de fincas, de ganado y de tantas cosas más… fueron de esos momentos que se quedan guardados de una manera muy especial.

Creo que a veces uno no se da cuenta de cuánto significa volver hasta que ve la felicidad de alguien que te estaba esperando y eso también hizo especial mi regreso, después estuvieron todas esas pequeñas cosas que hacen que uno recuerde un viaje con una sonrisa. Los juguitos llenos de hielo para soportar el calor, los helados, las empanadas, los patacones, la buena comida, el vallenato, las fincas, los animales… todo parecía tener otro ritmo, más tranquilo, más sencillo. Y también estuvieron esos momentos que simplemente se sienten bonitos, salir a ver los atardeceres con Sofi y Valery, mientras Valeria, que ya vive allá, también compartía esos momentos con nosotras. Sentarnos juntas, mirar cómo iba cambiando el cielo y simplemente disfrutar de estar ahí. Son momentos que parecen pequeños, pero que después son justamente los que más recuerdas, porque no siempre se necesita hacer algo extraordinario para ser feliz. A veces basta con estar con las personas que quieres, en un lugar bonito, viendo un atardecer y sin tener que estar pensando en nada más. Córdoba me recordó que también existe una vida que no corre tanto.

Una vida donde puedes escuchar los animales, ver caballos, sentarte tranquilamente, sentir el calor y simplemente disfrutar el momento sin estar pensando todo el tiempo en lo que sigue y quizá por eso regresé a casa con una idea que definitivamente no estaba en mis planes.

Algún día me gustaría tener una casa allí, no necesariamente para irme a vivir a Córdoba, sino para tener un lugar al que pueda escapar de vez en cuando. Un pequeño refugio para desconectarme de la ciudad, bajar el ritmo y volver a respirar un poquito más despacio.

Tal vez cerca del mar, tal vez en una finca, tal vez simplemente en un lugar rodeado de naturaleza, quiero animales, quiero caballos, quiero silencio, quiero despertarme y escuchar los sonidos de la naturaleza y si estoy cerca del mar, también escuchar las olas, un lugar al que pueda ir cuando necesite alejarme del ruido, del tráfico, de las responsabilidades y de esa sensación de que todo en la ciudad tiene que ser rapido no sé si algún día esa idea se convertirá en realidad, pero me gusta que un viaje pueda dejarte sueños nuevos, porque quizá eso fue lo más bonito de volver a Córdoba después de tantos años.

No solamente regresé a un lugar que ya conocía, también volví a encontrarme con una parte de mí que había olvidado. Y quizás, sin haberlo planeado, aquel vuelo que compré un día de la nada terminó recordándome algo que no sabía que necesitaba recordar: que todavía hay lugares donde puedo sentirme en paz, que todavía existen pequeñas aventuras que aparecen sin buscarlas y que a veces, volver al pasado también puede ayudarte a imaginar el lugar al que quieres ir después.



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